Este año pase la navidad fuera de mi casa en Costa Rica, estoy haciendo una pasantía en la Facultad de Economía de la Universidad de Porto en Portugal, estando aquí unos amigos me invitaron a realizar un voluntariado muy particular la noche del 25 al 26 de diciembre. Se trataba de colaborar con la asociación “En pro de los Sin Abrigo” a ir por las calles de Porto, dando ropa, abrigos, cobijas, café caliente, chocolate, pan, repostería y postres navideños a las personas que duermen en las calles de Porto. La idea me pareció muy interesante y acepte.
En Europa estamos en invierno, el invierno acá es bastante diferente al de tiquicia, en Porto suele llover mucho y por la noche la temperatura oscila entre los -2 y 2 grados. Como buen tico, acostumbrado al clima tropical, esa noche salí de la casa con 2 abrigos, bufanda y guantes. El recorrido de esa noche fue liderado por el Sr Luís, un hombre que vivió en las calles durante 3 años y ahora había logrado por milagro divino como relata el salir adelante. Empezamos a caminar a las 10 de la noche, Dios nos regalo una noche despejada en Porto, se podían ver las estrellas y la luna se postro sobre nuestras cabezas, como si quisiera ayudarnos en nuestra misión. Debo admitir que tenía bastantes prejuicios al dar los primeros pasos, temía que algún “Sin abrigo” se pusiera violento o quisiera agredirnos. Pero bueno el Sr Luis iba a la cabeza, contando historias, chistes y toda clase de anécdotas que distrajeron mis pensamientos. Conforme caminábamos mis perjuicios iban cayendo todas las personas que encontrábamos nos sonreían, tomaban café y conversaban con nosotros, empecé a notar que tenían más interés en contar historias o conversar que en comer.
Nos acercamos a un cajero automático, el Sr Luis tocó la pared de vidrio y un hombre se levanto a abrir la puerta como quien abre la puerta de su casa, le dimos café y lo puso en su mesa, justo a la par de las teclas del cajero automático mientras comía un queque navideño, seguimos caminando y decidí ir al frente al lado del guía, cuando me acerque, notó que mi acento no era precisamente el de un neto portugués, así que yo le dije que era de Costa Rica, recuerdo que comenzó a hablar algunas palabras en español y me dijo, ¡Ah entonces tu eres de la Suiza! No pude evitar pensar que en Suiza no hay personas en la calle, sonreí y le dije: “jajajaja, si… la Suiza… allá la cosa está peor que aquí” El sonrió, acertó con la cabeza y me dijo “todos somos iguales, tenemos las mismas necesidades, no importa el idioma o color, no somos diferentes, ¿o acaso tú no comes comida cómo yo?” Sonreí y seguimos caminando.
Yo cargaba dos bolsas con abrigos, “casacos” en portugués, me acerque a un señor de edad avanzada que estaba durmiendo sobre un cartón a la entrada de una tienda, se sentó para tomar café y comer algo, yo le ofrecí un abrigo y sonriendo me dijo: “muchas gracias, pero yo ya tengo dos, mejor dele a otra persona que no tenga” y señalo a unos compañeros de él que estaban durmiendo unos pasos más al frente, terminó su café, tomo otro queque, le ofrecimos más café y nos dijo que ya estaba satisfecho, yo por dentro pensé: “¿será que este señor sabe que hoy es navidad o estará un poco extraviado?”, en ese momento el hombre se acostó de nuevo en el cartón tomo las cobijas más otra que le dimos y sonriendo dijo: “muito obrigado minino, bom natal” cerró los ojos y durmió. Yo quede impactado, recuerdo que le dije a una amiga que no podía creer que él prefería rechazar el abrigo para dárselo a otra persona, yo también tenía 2 abrigos y aún así tenía frio. Don Luis escucho mis palabras y me dijo, mira, yo te voy a explicar, ven conmigo te voy a mostrar el que fue mi apartamento durante 3 años, caminamos un poco y me llevo debajo de lo que fue un pequeño techo a la entrada de una tienda, ahora solo estaba la estructura de metal oxidada, el me dijo, “acá poníamos un plástico para no mojarnos y cajas de cartón en el suelo, dormíamos 3 y siempre pasábamos bastante frío… Pero dime ¿tú crees que aquí yo puedo tener más de 2 abrigos? ¿O más pantalones de los que puedo andar puestos? ¿Dónde los guardaría? ¿Podría guardar comida en algún lugar sin que se descomponga? Las personas que viven en la calle, entienden el verdadero valor de las cosas, lo que para muchos es solo un abrigo, para ellos es su única ropa, lo que para algunos es una tajada de pan para ellos es la comida de un día. Entienden que no pueden tener más de lo que necesitan porque se va a perder, se lo robaran o simplemente no tienen donde ponerlo cuando no lo usan y saben que hay más como ellos que si lo ocupan. Me puso una mano en el hombro y seguimos el recorrido.
Esa noche pensé en muchas cosas, ¿Será que necesitamos todo lo que tenemos? ¿Cuánto de lo que tengo no lo utilizo?, ¿Estaría dispuesto a dar algo que necesito a otra persona que no conozco? Creo que es difícil, siempre queremos hasta lo que no necesitamos.
A veces no son solo cosas materiales, pienso que el mejor regalo que pudimos dar esa noche no fue el café, las cobijas o los abrigos, fue el hecho de hacerles saber que alguien pensó en ellos. Claro, no podemos competir con ellos, su regalo fue mucho mayor, rechazar lo que necesitaban, mientras nosotros damos lo que nos sobra. Es probable que muchos de esas personas continúen en las calles por varios años más, pero al menos ese día se dibujo una sonrisa en su cara y nos dieron una lección de humanidad.
¿Y usted ya le pregunto a alguien si necesita un abrigo?